Alejandra Plaza

La Navidad

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El invierno es una de las estaciones más especiales del año, y buena parte de ese honor se lo debe al hecho de que durante su estadía en el calendario, se produce la festividad de la Navidad, una que surgió en tiempos inmemoriales como consecuencia de nuevas interpretaciones espirituales de los hechos coyunturales que relacionaban al hombre con su objetivo en la Tierra en los albores mismos de esta estación.

Sucede que aunque la Navidad como la conocemos hoy se ha ido configurando más bien en el mundo moderno, podemos encontrar algunas reminiscencias de esta festividad en la Asia antigua, donde incluso mucho tiempo antes de la aparición del Cristianismo se producían eventos relacionados con pensamientos cósmicos, algo semejante a lo que sucedía en Europa Central. Sin embargo, la Navidad se diferencia de todos ellos porque es un Misterio propio del invierno.

Para comprender más específicamente lo que decíamos, se debe tener en cuenta que todos estos Misterios anteriores procedían de la visión instintiva y adquirida de algunos hombres en particular, que desvelaban sus ocurrencias mediante situaciones en las que presentaban estados de dormir profundos con despertares sorpresivos, mezcla de la realidad con los sueños, y una forma rápida y convulsionante de entrar al mundo espiritual que con el tiempo se fue perdiendo.

En aquellos tiempos era tremendamente común que una persona, hombre o mujer, tuviera la capacidad de poder comunicarse en sueños con los mundos espirituales y del alma, y lo hacían prácticamente con la misma facilidad con la que hoy uno de nosotros habla de un avance científico contrastado a lo largo de los años. Nosotros sostenemos el conocimiento de la realidad por experiencia; ellos sostenían la sapiencia del mundo espiritual por sus propios eventos.

En lo particular de aquellas representaciones de los hombres antiguos, queda claro que en sus sueños no podían acceder a imágenes de otros mundos tal cual las interpretaban, porque en los sueños se aparecen también nuestras experiencias previas y deseos. Más allá de eso, el estudio de las Imaginaciones de la antigua clarividencia, deja entrever que los videntes sabían perfectamente que un mundo espiritual se erigía detrás de estas imágenes representativas, y así se les revelaba.

Por supuesto, este acercamiento concreto al mundo espiritual, tan natural de aquellos tiempos, no quiere decir que los hombres de la antigua Asia o Europa tuvieran pensamientos de otro corte, sino que simplemente adquirían sus conocimientos de otra manera. Actualmente, cuando buscamos una sapiencia, tenemos que exigir nuestra fuerza de voluntad interna pues estudiamos hechos reales, mientras que en aquellos tiempos el saber se aparecía ante las personas, los pensamientos llegaban de la mano de imágenes que los ilustraban y les mostraban una forma espiritual de su misma existencia. En esa época el conocimiento tenía que ver con las revelaciones, no con el estudio.

Ahora bien, también es probable que uno se pregunte conocedor de esta situación, dónde esos conocimientos revelados en apariciones o sueños se establecían como verdades en el mundo antiguo, y si hoy tenemos nuestras escuelas y universidades, en aquellos tiempos los Misterios eran las instituciones que determinaban la fuerza de un conocer. Por supuesto, se trataba de un mundo en el que la creencia y la religión estaban enquistados en una misma forma de comprender el mundo, algo que con el tiempo se fue perdiendo.

El paso de los siglos ha generado en tal aspecto una división de la que ya probablemente nunca más podamos volver, y es que si en aquellos tiempos el conocimiento llegaba a las personas en forma de imágenes, por el contrario ahora se considera sapiencia a todo lo que adquirimos sabiamente, en las escuelas y universidades, mientras que las representaciones de nuestras interpretaciones y sueños, que se traducen por ejemplo en obras de arte, se relacionan con un mundo de fantasía.

Si tuviéramos que mencionar a algún personaje famoso de la historia que no adscribiera a los tiempos que corren actualmente en esta distinción entre mundo espiritual y de conocimiento, tendríamos que mencionar necesariamente a Goethe. En efecto, él consideraba que era tan real la verdad que representaban sus obras de arte como sus conocimientos adquirido, y es que probablemente haya sido el último sabio capaz de comprender la intrínseca relación que existe, a final de cuentas, entre lo artístico y lo científico.

Una vez que se encontraba en Italia, cuna de algunas de las expresiones artísticas más importantes de la historia, Goethe sostuvo para sus compañeros: “tengo la idea de que en la creación de sus obras de arte los griegos procedían con las mismas leyes por las que la naturaleza misma Crea y de las cuales estoy en la pista”. Y no es casual que tuviera este punto de vista, pues debemos recordar que junto a Herder habían estudiado fuertemente la filosofía de Spinoza juntos.

Por aquel entonces, Goethe se encontraba especialmente interesado en poder comprender el objetivo de existencia de todos los seres que se encontraban en torno del hombre, y cuáles eran sus explicaciones divinas y espirituales. En el mismo sentido, quiso conocer más en profundidad para qué y por qué las hojas y las plantas se reproducían, y qué hacían entre nosotros. Por eso realizó estudios botánicos y zoológicos en los que descubrió que también estos elementos complementarios de la vida del hombre tenían una razón espiritual de ser.

En la actualidad, sabemos que resulta poco científico hablar de una misma verdad cuando nos referimos al arte y la ciencia, pero en los tiempos más antiguos los Misterios dejando en claro que podía existir una comunión entre ambos saberes. Paradójicamente, fueron estas mismas instituciones las que comenzaron poco a poco a separar algunos pensamientos particulares de conocimientos adquiridos de otros que eran revelados en forma de de clarividencia.

De hecho, las primeras pruebas que se consideran, demuestran rápidamente que los hombres antiguos dieron con los conocimientos de la ciencia prácticamente sin quererlo, sino que les fueron surgiendo esas respuestas cuando comenzaron a preguntarse “¿por qué?” y no solo “¿qué?”. Los cuentos de hadas y leyendas son muestras de vanos intentos de explicaciones, aunque aún se seguía pensando que los saberes en ellos presentes procedían de revelaciones y no del poder del hombre.

Para dejar un poco más en claro lo de los últimos párrafos, deberíamos tomar estas palabras de la siguiente forma: cuando el hombre adquiere un conocimiento hoy, está seguro de que lo hace por su propio esfuerzo y actividad de pensar, mediante una cadena de deducciones o conocimientos previos que le han permitido llegar a esa instancia. Antiguamente, el hombre estaba convencido de que los saberes le eran impuestos, y claro está, la lógica no formaba parte de su vida y mucho menos le interesaban las relaciones posibles entre varios pensamientos.

Sin embargo hay un punto que debe quedar bien en claro y que demuestra que aunque el mundo ha avanzado, no necesariamente es “mejor”. Es decir, que ahora el hombre considere que consigue sus conocimientos por virtud propia y no revelación, no quiere decir que la forma en la que se apasionan las verdades ahora y antes no fuera la misma. No obstante, en el mundo de hoy y por mucho tiempo, los conocimientos adquiridos se toman como posesiones de nuestra alma, porque sabemos que nos ha costado tiempo, dinero y esfuerzo conseguirlos.

Allí radica la pequeña diferencia entre ambos, y es que por su propia naturaleza el ser humano de antaño no podía considerar su pensamiento como algo que surgiera de él porque simplemente no lo hacía, sino que le llegaba en forma de imágenes. Por supuesto, aunque eran igual de apasionados por la sapiencia que nosotros ahora, su actitud hacia los pensamientos era muy diferente, y así surgió la tendencia de contemplar sus propios pensamientos.

Lo describe muy bien la siguiente frase: “un ser divino de un mundo superior ha descendido en mí. Yo participo de las ideas que en realidad están pensando otros Seres — seres que son más elevados que el hombre, pero que me inspiran, que viven en mí, que me dan estos pensamientos. Puedo por tanto, sólo considerar los pensamientos como concedidos a mí por Gracia de lo alto”.

¿Y a que viene todo esto? Pues a que los Misterios de alguna forma enseñaban que tales revelaciones, que el hombre daba por hecho provenían de algún ser superior, tenían que ser no solo recogidas como verdades absolutas, sino también agradecidas. Las ofrendas eran la forma de agradecer a los seres superiores lo que hacían por el hombre, y en ese mundo de verdades reveladas, el verano se presentaba como la estación ideal del año para hacerlo, por las temperaturas más agradables, las especies de plantas en su apogeo, y demás.

Aunque no pudieran explicarlo científicamente, los hombres antiguos tenían perfecta noción de que la Tierra es más Tierra durante el verano, porque no tenemos molesta nieve sobre la cual caminar, ni frío en las noches sin comodidades como aquellas. Estos detalles que hoy podrían pasar desapercibidos, eran tomados como atajos directos para llegar a esos dioses superiores, y por eso el verano era el momento ideal del calendario para las ofrendas.

Solía considerarse de hecho que cuando más brillaba el sol en lo que supieron considerar un ciclo que se repetía cada cierto tiempo, eran testigos del momento de mayor poder de estos seres superiores, y por tanto, el indicado para mostrarles sus respetos. El ambiente etérico también tiene un rol más preponderante en esta época del calendario, y existía una devoción tal que solo la entrega de sacrificios, animales e incluso en ocasiones humanos, dejaban en paz el alma de esos hombres.

Muchos maestros de los Misterios adoctrinaban por aquellos tiempos a sus alumnos, enseñándoles formas y contenidos con frases como la siguiente: “Cada año a mediados de Verano, debe hacerse una ofrenda solemne a los Dioses Superiores en agradecimiento por los pensamientos que conceden al hombre. Porque si esto no se hace, es muy fácil para los poderes Luciféricos invadir el pensamiento del hombre y entonces es permeado por estos poderes. El Hombre puede evitar esto si cada verano es consciente de cómo los Dioses Superiores le han dado estos pensamientos y en la temporada de verano deja que sus pensamientos fluyan de nuevo, por así decirlo, a los dioses”.

Queda claro, evidentemente, hasta qué punto se consideraba la influencia de un dios o criatura superior a su propia existencia, y el temor y necesidad de despegarse de los deseos de un Lucifer entonces figurativo que existían en la época. La elevación de los sentimientos era muchas veces la manera en la que los líderes del Misterio revelaban a sus alumnos los conocimientos espirituales que antes habían llegado a ellos en sus sueños.

Por supuesto, esta transferencia de saberes llegaba de la mano de un rito externo, visible para todo el mundo que seguía a la revelación invisible, y que contaba con movimientos de brazos muy pronunciados, para “esparcir” esos conocimientos. Es decir, en ese momento y solo en ese momento, existía una comunicación total entre la ofrenda del alma que agradecía al dios supremo la sabiduría otorgada, y la ofrenda de las manos, que buscaba conquistar a los allí presentes.

Justamente este escenario que describimos en el último párrafo es el que podía encontrarse muchas veces en el mundo antiguo cuando llegaba la época del verano, y por supuesto, los festivales en esa parte del calendario tenían sustento solo a partir de esta devolución divina. Sin embargo, los siglos anteriores al Misterio de Gólgota dejaron en claro que no todo lo que procedía de los dioses podía ser divino, sino que derivaban de las visiones algunos pensamientos más oscuros.

Ya por los siglos XIII y IX se tienen las primeras pruebas de revelaciones que se interpretaban como pensamientos mucho más oscuros de los habituales, de forma más constante cada década, y fue justamente esta creencia de que así como lo bueno podía llegar al hombre sin su esfuerzo, lo malo también estaba a un sueño de distancia; lo que despertó la necesidad del ser humano de poder adquirir los conocimientos a partir de sus propios esfuerzos mentales. Por supuesto eso provoca un estado de ánimo y una idea de la vida completamente diferente.

Hasta ese momento, el hombre siempre había pensado que los conocimientos llegaban a él desde algún lugar lejano y le eran otorgados a algunos pocos afortunados de forma azarosa, sin que sus propios esfuerzos tuvieran nada que ver. La percepción de que podían generar su propia sabiduría, y que esas capacidad se encontraban dentro suyo les dio dimensión poco a poco de un poder no solo interminable, sino hasta entonces inimaginable también.

Una buena forma de comprender cómo el hombre pensaba en los conocimientos en aquellos tiempos es fijarnos en la respiración. La respiración está allí y nos es dada, no aprendemos a hacerla y sabemos que no la hemos generado nosotros mismos. Imaginar el impacto que provocaría que la respiración haya sido desarrollada por el hombre y no por un ser superior sería equivalente al momento en el que aquellas personas comprendieron que podían generar nuevos pensamientos por ellas mismas y claro que todo cambiaría desde entonces.

De hecho, en los pueblos antiguos, se estilaba que cuando alguno de los sabios de los Misterios se reunía con los demás para confesar sus últimas revelaciones, se iba quitando los símbolos de vestimentas dedicadas a los dioses uno por uno. Eso representaba la mayor ausencia de conocimientos, que pasaban a ser de todos los demás también, y él quedaba “ignorante”. Es decir, no solo no creían en su propio desarrollo de los conocimientos, sino que además pensaban que era imposible a un conocimiento sumarle otro posterior.

En aquellos tiempos, los hombres sentían que le debían algo al Cosmos, por supuesto entendiéndolo también como algún dios divino o criatura superior, pues comprendían que el Cosmos se esforzaba en darles un verano cada año. Por eso las ofrendas como la anteriormente mencionada siempre relacionaban un verano lleno de conocimientos que explicar a los demás, y un invierno de ignorancia en el que se acumulaban esos nuevos pensamientos. Y no solo eso, sino que la participación en estos rituales se sustentaba muchas veces en esa necesidad de sentirse alejados de Lucifer y “todo lo malo” que pudiera acarrear.

Sin embargo, no todos los hombres son iguales, y pronto quedaba en claro que entre los líderes del Misterio, había algunos más sabios que otros, de los que se necesitaba una respuesta a las consultas prácticamente todo el año. Por mencionar el caso más evidente, los maestros del Misterio que se encargaban de curar enfermedades no podían actuar solo una vez al año porque la gente se moría, y es que entonces las primeras apariciones de la medicina también formaban parte de los Misterios porque, debemos recordar, la ciencia aún no había entrado en escena.

Lo más curioso del caso es que si en la antigüedad más absoluta consideraban que el hombre naturalmente se volvía ignorante en la época siguiente al invierno, cuando se dieron cuenta de que la gente se moría sin más remedio, le “permitieron” a algunos sabios del Magisterio, esas primeras expresiones de los médicos actuales, conservar el poder derivado de los seres superiores en pos de salvar la vida de las personas, y allí ya se vislumbró un quiebre que sería definitivo con el tiempo.

En cualquier caso, tendencias como la mencionada de períodos de ignorancia que seguían a otros de extrema sabiduría dejando en claro que la actitud que existía para con los pensamientos era completamente diferente a la actual. Para ser más precisos, podríamos graficar que si en ese tiempo los hombres pensaban que la sabiduría era el aire, llegado el momento del Misterio del Gólgota comenzaron a sentir que era más “la sangre de sus venas”.

“Lo que experimento como pensamiento ahora ya no es celestial, ya no es algo que ha descendido desde arriba. Es algo que surge en el ser humano mismo, algo que es terrenal”, comenzó a ser la consideración que muchos hacían de la concepción misma de la sabiduría. Como decíamos, los tiempos del Misterio de Gólgota fueron fundamentales para afianzar esta creencia y para entonces ya era común que los sabios de la nueva época renegaran de los conocimientos adquiridos por sus antecesores a través de las visiones celestiales.

Ahora bien, ya conscientes de la capacidad de generar pensamientos completamente humanos, los hombres se encontraban con la problemática de que esa sabiduría podía llegar a caer en manos de los poderes ahrimánicos. Si el hombre comenzaba a perderle un poco el respeto a los seres superiores, su miedo por Lucifer mantenía la misma intensidad que antes, y al creer que los primeros pensamientos humanos eran de menor relevancia -aunque más puros- que los revelados por los dioses, también estaban más cerca de ser adulterados por Lucifer.

Muchos de los hombres que por aquel entonces comenzaron a considerar todos estos elementos en la producción de nuevos conocimientos, también adhirieron a la creencia de que el Misterio de Gólgota fue, de alguna forma, la “redención de la humanidad”. Si hasta entonces querían llegar a conocer el Cosmos a través de sus dioses, para ese momento era un hecho pensar que el mejor atajo para esa sapiencia era la mente del ser humano. El siguiente paso será, entonces, elevar internamente sus pensamientos a la Divinidad, y lo hará a través del Misterio de Gólgota.

Y es justamente en ese momento cuando un festival que en muchas ocasiones formaba parte del calendario de verano comienza a formar parte de la época hasta entonces más fría y oscura del año: estamos hablando del invierno. En ese instante en el que la Tierra se envuelve en nieve y el sol se ve varia horas menos por día, el hombre comienza a sentir que todo le pertenece igual que en verano, y que debe comprender la explicación a todos los fenómenos por sus propios medios.

A partir de entonces los seres humanos comenzaron a pensar que posiblemente todo lo que ellos veían con sus propios ojos en verano, tenía un trasfondo en invierno. Si los conocimientos se iban acumulando a lo largo del año, hoy sabemos que si queremos tener alimentos abundantes en verano debemos cultivarlos en el invierno anterior, y aquellos seres humanos recién comenzaban a conocer en detalle estos aspectos de la vida.

Allí está entonces el detonante que le hace considerar al hombre antiguo que la vida no está compuesta solo de aquello real palpable a simple vista, sino también de las cosas que se hacen a largo plazo como fruto y de su acción. Toma nota de que el invierno es en realidad una continuación del verano y que sin las bajas temperaturas primero luego las altas no tendrían los mismos grandiosos resultados, y se obliga a conocer mejor cómo funciona el mundo.

A medida que los seres humanos iban conociendo mejor el poder del conocimiento que estaban adquiriendo, comenzaban a arraigarse más a los dioses inferiores que a los superiores, pues encontraban lo que requerían para vivir en la tierra más que fuera de ella. Básicamente esta era la concepción del mundo que defendían los hombres presentes como herederos de las sabidurías adquiridas durante los tiempos del Misterio del Gólgota.

Estos seres humanos fueron los primeros que comprendieron que debían buscar en la tierra todo aquello que les acercara a los seres superiores en los que tanto creían, y además tomaron nota de que podían seguir sirviéndoles y ofreciendo sus ofrendas, pero además mejorar su calidad de vida, pues poco a poco comenzaron a obtener mejor alimentos, supieron prever las condiciones climáticas, y demás. Sin embargo, como decíamos eso no dejaba de lado la conexión íntima entre conocimientos y Divinidad, o el “Impulso de Cristo”.

El invierno, que aleja al hombre del Cosmos, le acerca a estos seres superiores terrenales. Esto creían muchos de los hombres por aquella época, y por eso no resulta complicado creer cómo sus creencias comenzaron a volcarse en representaciones terrenales. La descendencia de un Dios que bajó a la Tierra es posiblemente la imagen más evidente que tengan de una representación de este estilo entre ellos, y el invierno era el contexto ideal para una comprensión del mundo así pues se daba el contexto perfecto para ello.

Por supuesto, pensaban que festejar la Navidad en el invierno tenía todo el sentido del mundo, pues al fin y al cabo se trata del momento del año en el que el hombre se encuentra más profundamente solo, intentando conectarse con las cosas de la Tierra. Si en la antigüedad los ritos del verano buscaban acercarlos al Cosmos, más aquí en el tiempo la Navidad en invierno tiene como finalidad mantenerle alejado de los pensamientos trastocados por Lucifer.

Por otro lado, si en aquel entonces el verano era sentido como el momento previo a la ignorancia y el sucumbir en las tinieblas, quienes hoy se entregan a la divinidad de la Navidad comprenden perfectamente que el Misterio de Gólgota viene para iluminarles en el momento de mayor desasosiego del calendario. Así, los pensamientos oscuros que vamos adquiriendo en nuestra vida pueden ser por fin iluminados por algo que nos trasciende.

En verdad, sucede que cuando el mismo hombre que al comienzo de los tiempos no podía imaginarse sino alabando al Cosmos que todo lo decidía en su vida, luego aparece avocado a la evolución en la Tierra; la festividad de invierno como la Navidad adquiere sentido. Antiguamente, estos festivales tenían como fin buscar el momento del año con mayor cercanía al cosmos, cuando ahora sabemos que en la Navidad se elije precisamente el momento del año más alejado, pues buscamos desvelar los misterios de nuestro interior, volvernos más espirituales.

Esto que decíamos antes de los médicos se refleja de forma natural cuando observamos que antiguamente el ser humano consideraba que al serle prestado el conocimiento, tenía que devolverlo luego de un tiempo en el que le hubiera dado uso. Hoy en día, sabemos que buena parte de nuestra vida tiene que ver con el pensamiento y el conocimiento, posesiones nuestras; y que estamos buscando el espíritu que nos acompañe a fin de poder unir toda nuestra sabiduría de la misma forma en la que sucedió durante el Misterio de Gólgota.

Por supuesto, tampoco podemos dejar de lado que durante la antigüedad, muchos de los denominados “Misterios” tenían un carácter que podríamos calificar como “aristocrático”, y no es casual que muchas aristocracias modernas fueran transformación en el tiempo de aquellos líderes que llevaban los misterios antiguos, sobre todo cuando reflexionamos y vemos que eran muchas veces los sacerdotes que realizaban el sacrificio en nombre de todos los demás.

Muy por el contrario, sabemos que la actual fiesta de Navidad que surgió con el tiempo tiene un carácter mucho más democrático que las festividades de verano antiguas, porque los pensamientos no se transfieren, sino que se comparten. Se trata de compartir la sapiencia, las experiencias, poder acercarnos más a nuestro propio espíritu, y como decíamos antes, eso es solamente posible en el momento de mayor aislación del Cosmos.

Básicamente todo lo mencionado hasta aquí viene a dar cuenta de cómo ha sido la evolución de las festividades y los Misterios, que pasaron de ser celebraciones eminentemente de verano, a transformarse en el Misterio de Navidad del Solsticio de Invierno. Y justamente esta evolución que llevó siglos es la que debemos comprender de la forma correcta, en tanto y en cuanto el hombre ha aprendido a aprovechar realmente este tiempo de espiritualidad, a diferencia de las antiguas celebraciones en las que quería “salirse” de la Tierra.

Justamente esta recopilación de saberes es la que genera que cuando nos retrotraemos al mundo más antiguo, podemos observar que las primeras representaciones artísticas tienen que ver con el cielo, el sol o las estrellas, es decir el Cosmos en general. Pero cuando venimos más aquí en el tiempo, no nos lleva demasiado darnos cuenta de que el hombre ha ganado ese espacio. La contemplación de sí mismo, la necesidad de conocer sus saberes propios desarrollados en su mente, y esa ansiedad por llegar al interior de su alma para recién entonces aspirar al universo, son símbolo inequívocos de la evolución del ser humano con el correr de los siglos.

Si en aquellos tiempos los hombres consideraban que le debían buena parte de su vida, sino la misma existencia al Cosmos entero y particularmente al sol, que brillaba como nunca en verano, un científico hoy en día nos dirá que el sol es una bola de gas que nos caliente, que posee una temperatura habitual promedio y que con el paso del tiempo se terminará extinguiendo, complicando la vida para los seres humanos.

Aunque por supuesto estamos en presencia de una enorme cantidad de información que solo puede ser interpretada con el paso del tiempo, lo que debemos considerar sobre todo es que ahora pensamos primero en el ser humano en su conjunto. Corazón, pulmones, y así poco a poco esta terminar de comprender nuestra propia existencia y de allí buscar dar con el universo. A través de la mente podemos entender qué hace el sol allí, cuando en la antigüedad se creía que era el Cosmos el que podía revelarnos lo que había en el interior de nuestro cuerpo.

Por eso mismo entonces se adoraba el sol y a los meses de verano. Es que si teníamos que buscar los conocimientos en el Cosmos, lo más normal era esperar a que los astros estuvieran en la posición más cercana a la Tierra. Como ahora sabemos que podemos encontrar estos conocimientos en nuestra mente, buscamos el invierno para llegar al espíritu y la mente del ser humano sin las distracciones lógicas que el Cosmos puede generarnos por su magnetismo natural.

La Navidad se configura entonces como un momento muy especial del año en el que tenemos que buscar captar el sentido más profundo de nuestros pensamientos internos, sobre todo en los tiempos que corren en los que no es demasiado difícil encontrar una necesidad real de dar nuevo impulso a los hábitos que desde niños compartíamos con nuestros padres y abuelos. La Navidad es eso, ser más puros, más sinceros, y a eso es a lo que debemos apuntar en estas fiestas.

Y aunque sabemos que es difícil dejar de hacer regalos en esta época porque la tradición comercial está muy arraigada, incluso en los elementos más frívolos podemos encontrar la dedicación de ver qué objeto le gusta a cada familiar o amigo, escucharle más y mejor para saber qué le está pasando, e intentar que el espíritu colaborativo y amistoso que en la Navidad se hace presente como en ninguna otra parte del año luego siga allí el resto del tiempo, acompañándonos y haciendo que nuestra vida sea mucho más placentera.

Pero así como el espíritu navideño debe quedarse entre nosotros, allanarle el camino resulta fundamental para obtener resultados perdurables en el tiempo, y básicamente podemos mencionar la necesidad de romper los los hábitos nocivos como una de las claves de esta época. La falta de voluntad y la facilidad de repetir las mismas acciones uno y otro año para no involucrarnos pueden llevarnos muchas veces a perder de vista la Navidad, y por eso hay que buscar nueva vida en esta parte del calendario, una renovación que nos haga mejores, ahora pero también en el tiempo.

Por eso recomendamos que ahora que falta muy poco para la nueva Navidad, se tome este tiempo como el indicado para un renacer espiritual completo, un momento de mirar hacia el interior en la búsqueda de un nuevo ser. La sinceridad, la honestidad, el amor en su forma más pura pueden volver a darle sentido al hecho de que la Tierra se encuentre cubierta de nieve y los Cosmos se hayan ocultado un momento para dejarnos bajar la vista del cielo y mirar lo que tenemos dentro.

En la Navidad tenemos que buscar ese Impulso de Cristo que se encuentra adentro nuestro, pues ahora sabemos perfectamente que los pensamientos son como la sangre que fluye con fuerza por nuestras venas, y no el aire que se desliza suavemente y no nos pertenece. Comprender, amar las estaciones y los ciclos es fundamental para valorar la Navidad, que a diferencia de otras festividades como la Pascua tiene un momento determinado en el año en el que la podemos esperar.

De hecho, aunque el orden actual de las cosas se manifiesta de forma contraria, sabemos que en la antigua Roma el año comenzaba en marzo, pues diciembre era el décimo mes del calendario, y enero y febrero los últimos dos de cada año. Sin embargo, resulta que a un rey de Francia se le ocurrió que el año debía comenzar el 1 de enero y así quedó instaurada esta tendencia que hace comenzar las cosas en pleno invierno, cuando en realidad esta debiera ser la última estación del año, un momento de espiritualidad propio de cada uno de nosotros y muy íntimo.

La Navidad, sobre todo en estos tiempos arrasados por el materialismo, necesita de hombres fuertes, con pensamientos decididos y que no tengan reparos en manifestar cuáles son sus creencias y conocimientos a todos los demás. La salvación humana depende, ahora más que nunca antes, de que el hombre pueda aliarse realmente con la sabiduría que nos ha demostrado la evolución humana que nos pertenece, aunque la ignorancia se mantiene al acecho, como también sabemos a la perfección.

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, dijo Cristo, y hoy sabemos perfectamente que los caminos tienen que recorrerse por nuestros propios pies, pues a diferencia de los antiguos conocemos que el Cosmos no nos llevará por este recorrido naturalmente. La honestidad, el amor, la sinceridad son virtudes que nacen desde el propio espíritu del hombre pues nadie nos las regala, están allí pero como dormidas y tenemos que saber explotarla para encontrar la luz que enciende nuestro ser interior y así poder iluminar a los que nos rodean.

Y además, debemos saber que la vieja tradición de la Misa de Navidad que se realiza a la medianoche no es suficiente para darnos por satisfechos con esta época tan especial del año, sino que realmente debemos vivir la Navidad en espíritu. Hay que conseguir que la luz interna prevalezca por encima de la oscuridad que busca rodearnos visual e internamente en estos tiempos -del año y de la existencia- para ser un faro que alumbre a los demás.

Cuando se sienta en nuestro interior la luz que procede del discernimiento espiritual podemos estar seguros de que la Navidad está a la vuelta de la esquina, que la luz surge de nuestro interior para iluminarlos y que solo debemos hacer el esfuerzo por mantener esa llama viva. En la Noche Santa, para la que falta prácticamente nada, Cristo se encargará de nacer en cada uno de nuestros corazones, y así podremos estar seguros de vivir una Navidad Mundial.

20 diciembre, 2014

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